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vista de marte. Ilustración relato ciencia ficción 2177

La fiesta sigue, parece que la gente no se cansara nunca. A través de las ventanas puedo ver cómo nos vamos acercando al ascensor espacial, los pilotos verdes parpadean lánguidamente a través de los kilómetros de cable. Salgo al fresco, me sujeto en la barandilla y me giro para mirar el Olimpo, las luces de las ciudades tiznan de amarillo la falda de la montaña. En el cielo todavía se puede ver, cada vez más baja, una luz azul, la más brillantes de todas las estrellas, Tierra. Me entra un ataque de morriña, hace mucho que no lo piso. Escucho la puerta abriéndose detrás de mí y cómo la música del interior se escapa hasta el cielo marciano.

—Te he traído una copa.
—Gracias —digo mientras cojo el vaso que me ofrece mi nieta Julia—, estaba mirando Tierra.
—¿Si? Qué raro que todavía no tengas un telescopio. Venga, imprimamos uno para poder verlo mejor.
—Déjalo, me gusta verlo con mis propios ojos…
—Como quieras —me dice mientras casi se pone de rodillas para poder darme un ligerísimo beso en la mejilla. Nunca me acostumbraré del todo a la altura de los nacidos en Marte.

Me deja solo y me pongo a pensar en lo paradójico de la frase «me gusta verlo con mis propios ojos». No llevo la cuenta, pero creo que se trata de mi cuarto par, ya no son los ojos con los que nací y que me acompañaron hasta los 70, al igual que mi corazón me lo cambiaron hace tres años por sexta vez… Realmente no me queda ninguna parte del cuerpo sin cambiar o modificar. Es el precio por la eterna juventud, pero teniendo en cuenta que cada generación de órganos impresos es mejor que la anterior se trata de un precio realmente pequeño.

Un relámpago ilumina todo el cielo, sin nubes no sé qué puede ser. Me giro y veo una enorme bola de fuego allí donde debería estar una de las carlingas del ascensor. Hago zoom y activo la realidad aumentada mientras alrededor de mí se arremolinan los invitados de la fiesta que salen a ver qué está pasando. Justo en ese momento nos llega el sonido de la explosión atemperado por la distancia, pero aun así ensordecedor. La capa de información visual todavía no está actualizada, sigue diciendo «Carlinga b-14 – aprox. 15.000 inmigrantes a bordo. ¿Quiere saber más sobre la carga?»
Los gritos y murmullos alrededor mío no me dejan concentrarme. Reduzco mi percepción auditiva mientras busco alguna otra capa de información que sea útil. Entonces aparece con tanta fuerza que tengo que apagar todos mis sentidos y aun así los veo como unas letras en llamas en lo más profundo de mi consciencia.
«Los hijos de Adán reivindicamos la explosión de la Carlinga b-14. Sus ocupantes habían perdido el derecho a ser considerados seres humanos al escuchar al becerro de oro de Marte y sus blasfemias transhumanistas.»

A mi alrededor algunos no han sido tan rápidos en cerrar sus sentidos, los jóvenes siempre están con todas las capas abiertas al máximo, y les sangran los oídos y se convulsionan en el suelo. Lloro de impotencia mientras me arrodillo ante mi Julia y le sujeto la cabeza hasta que se le pasa.

—Abuelo… ¿qué ha sido eso?
—Fanáticos, otra vez fanáticos —le digo mientras me acuerdo de mi 24 cumpleaños y de la caída de unas torres por televisión. La risa se mezcla con las lágrimas mientras pienso en la triste ironía de que la historia se repita precisamente el 11 de septiembre en el que celebro mis 200 años.